Liu Shaoyo murió abatido por un hilo de tiros policiales. No hubiera generado tanto revuelo de no ser porque el hombre era de nacionalidad china, que además se encontraba con sus hijos e hijas en el instante del incidente.

De alguna manera, este acontecimiento y su posterior reacción en la comunidad china me recuerda a Ferguson y a Black Lives Matter (aunque no se acercan demasiado).

Probablemente, el reporte oficial de la policía en el cual se afirmaba que el hombre de 56 años se abalanzó sobre los agentes con tijeras en mano, sea cierto. Pero esto, enuncio ya desde aquí, no es sobre si los hechos ocurrieron así o de otra forma. Esto es sobre por qué estallaron los disturbios, y por qué no eran irracionales.

Cuando te encuentras con protestas con más de un centenar de individuos pertenecientes a un colectivo (chinos), los antecedentes no son ligeros. No hay alzamiento de voces con casos particulares y aislados. En el último ejemplo, lo que hay es una crítica general a determinada actitud, por poner un contexto, un suceso violento en la puerta de un bar. Estas noticias se olvidan en un par de días.

¿Qué pasa cuando no se olvidan, y la inmediata respuesta de un sector es la marcha grupal? Repito, hay antecedentes. No olvidemos que los chinos en París son un sector étnico minoritario (a pesar de los mitos populares) y que siempre ha habido experiencias incómodas de racismo y discriminación, si bien no siempre explícitos, molestos por igual.

La siguiente pregunta, y es una a considerar en todos los países ‘democráticos’, es si el tren de la diversidad y la multiculturalidad comienza a caer cuesta abajo. Lo sabremos en la próxima década.

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