Nací en Madrid. Crecí en Madrid, y finalicé mi etapa adolescente en Elche. He podido presenciar la multiculturiedad de la capital, la vehemencia juvenil y la crítica de generaciones previas a la mía. Hasta allí llego.

De padres chinos, mi rostro me delata. Me gustaría negarlo, pero muchas veces también me han tachado de tener mente inquieta, para algunos se traduce como ‘sabio’, ‘listo’ o ‘inteligente’.

Las noticias con las que he crecido han pegado fuerte en el terreno de los derechos de aquellos sectores minoritarios (no tan minoritarios, al fin y al cabo) de la sociedad. Barreras raciales, sexuales, de género; que poco a poco se derrumban. Al menos, eso es lo que parece.

Pero no todas las minorías pueden ser sustentadas por unas leyes. No por la vía sencilla. Hay ataques internos, que son los que más duelen a largo plazo. El ataque de la publicidad. El ataque de las modas. El ataque de las opiniones. Esas son las más populares, y por tanto, las más criticadas. Aún queda por ver quién no las critica pero hace algo por ellas. Para mí esos individuos son mitos, mitos culturales ensalzados por la prensa más liberal.

Vas a tener que respetar mi preferencia de no sentirme ligado a ninguna cultura que no sea universal. Entre los chinos me miran con recelo de ‘demasiado extranjerizado’, y entre los españoles no pueden hacerme dos preguntas seguidas sin soltar el tema de mi lugar de procedencia a la hora de conocerme. Claro está, puedes pensar que me lo tomo a ofensa. ‘Es una broma, no te lo tomes tan en serio’, me decían a veces. Escúchame, ¿qué te parece si cojo una toalla roja y empiezo a hacer de torero, delante de ti? No una vez, sino reiteradas veces, cada vez que sales a la calle, en forma de buen rollo.

Recuerdo una experiencia reciente, en una visita guiada en la Universidad de Alicante. Una mujer estaba hablando sobre un departamento de Asia-Pacífico, y de repente sus ojos se tornaron hacia mí: ‘¿Eres chino o japonés? ¿O de dónde eres?’. Mira, entiendo la curiosidad morbosa de algunos. Es tolerable hasta cierto punto. Queda por ver si llegas a un compatriota tuyo cualquiera y le preguntas ‘si come mucha paella y baila sevillanas’.

A mí los términos de ‘orgullo patriótico’ o ‘nacionalismo’ me resultan, valga la redundancia, extranjeros. Nunca los he sentido, y a medida que pasa el tiempo no hacen más que decrecer en intensidad. Sigo modelos, como el pragmatismo tan celebrado por la cultura yanqui, o el espíritu activo (sólo a veces) que caracteriza(ba) a los europeos. No obstante, me resultaría totalmente fuera de lugar llegar a un estadounidense y relacionarlo con el McDonald’s y Apple. El panorama no siempre es así de explícito. Como hay micromachismos, también hay microofensas de todo tipo. Aun en el sentido positivo, siguen siendo microofensas. El ejemplo es que conozcas a un homosexual, a un senegalés o a un transexual y que te ‘caiga bien’ de repente, sólo porque ‘respetas’ a las minorías.

No hay nada políticamente correcto si seguís asediando con basura disfrazada de bondad. Es insultante, ofensivo y en ocasiones, peor aún que la discriminación directa. Es gradual, progresivo, rompes el sentido de identidad de aquellos que tanto defiendes.

Así que la próxima vez que pienses caerle bien a, no sé, inserta [aquí] tu jerga social, trátale más como una persona y no como una etiqueta, minoritaria o mayoritaria.

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